A veces el cuerpo duele tanto que parece una prisión.
Pero con el tiempo he descubierto que, incluso dentro del dolor, existe un lugar de paz que nadie puede tocar.
Este texto nace de mi propia experiencia, por si a alguien que también vive con dolor le puede servir de compañía.
💫💫💫💫
Desde muy pequeña he convivido con dolencias físicas importantes. A nivel médico eran cosas serias, pero curiosamente nunca las viví como algo que me impidiera ser yo misma. Más bien era como si mi cuerpo no pudiera seguir siempre el ritmo de lo que mi mente quería hacer.
En aquel entonces ni siquiera era plenamente consciente de ello. Era como un pequeño animalito que simplemente quiere vivir: jugar con otros niños, salir de excursión, descubrir el mundo…
Y después el cuerpo aparecía agotado, como si hubiera estado escalando el Everest. Profundamente dolorido.
Recuerdo que siendo muy pequeña a veces apenas podía terminar un paseo con mi madre del dolor que sentía.
Pero hoy no quiero hablar exactamente de eso.
Lo comparto solo para que se entienda algo importante: durante mucho tiempo no fui realmente consciente de esas limitaciones. Mi mente siempre ha sido muy activa y mi alma profundamente viajera. Siempre he seguido esa parte del alma que anima, que explora, que descubre.
He viajado a infinidad de lugares sin mover el cuerpo físico. Lugares tan reales para mí como aquellos a los que tú has podido viajar con tus pies. Y los he experimentado como si estuviera allí, con los sentidos abiertos y con la sensación viva de estar presente.
Con esta entrada tan íntima quiero hablar de algo que quizá pueda acompañar a otras personas: cómo se puede vivir con el dolor crónico.
Un dolor que a veces es limitante.
Un dolor que a veces debilita.
Como suelo decir en los días más intensos: *me duelen hasta las pestañas.*
No hay un solo día en el que no haya dolor. Y no en una parte concreta del cuerpo, sino en todo: músculos, tendones, ligamentos, articulaciones.
A eso se suma un cansancio constante.
Mi cuerpo es como una brújula antigua que siente antes que nadie los cambios del tiempo. Sé cuándo va a llover o cuándo el calor está por llegar porque el cuerpo lo anuncia primero.
Y sin embargo, nunca he vivido esto como una condena.
Mi cuerpo, con todo lo que trae, ha sido también una bendición.
Es un ancla que me invita a ir hacia dentro. A través del dolor físico, cuando se vuelve más intenso, algo en mí se abre aún más hacia lo profundo.
Hay momentos en los que el dolor es tan fuerte que me hace desaparecer del mundo exterior.
Como si hibernara.
Como un pequeño oso que se recoge dentro de su cueva.
Pero incluso en esos momentos no dejo de hacer pequeñas cosas: escribir, observar, sentir, realizar gestos sencillos que me conectan con aquello que me da alegría.
La mayoría de las actividades de este mundo me conectan con algo más grande… excepto quizá pasar demasiado tiempo frente a aparatos electrónicos.
Porque en realidad no es lo que haces lo importante.
Es desde dónde lo haces.
Qué estás sintiendo cuando lo haces.
Dónde está tu conciencia.
Si realmente estás habitando ese instante.
Y yo lo habito.
A veces me preguntan cómo es posible sentir tanto dolor y, al mismo tiempo, poder vivir de esta manera.
No sé exactamente cómo explicarlo.
Es como si el cuerpo quedara a un lado. Como si yo pudiera observarlo.
El dolor sigue estando ahí, claro que sí. No desaparece.
Pero ocurre algo distinto: ya no me identifico con él.
Es como observar un río que pasa.
El río sigue fluyendo, pero tú no eres el río. Eres quien lo observa.
La conciencia se vuelve observadora. El cuerpo es como un muñeco y la conciencia es quien lo contempla con amor. El dolor pasa como una corriente, pero no define lo que soy.
Y cuando vuelvo de ese espacio de observación, la sensación es muy difícil de describir.
Es como sentirse un pequeño cachorro…
o un bebé sostenido en brazos.
En paz.
Seguro.
Abrazado por la vida.
Incluso ahora, mientras escribo estas palabras, no puedo evitar sonreír.
Claro que hay momentos en los que el alma siente nostalgia de su verdadero hogar. Pero también tengo la suerte —como todos cuando dormimos— de poder viajar allí y regresar. Y a veces esos viajes también ocurren durante el día, en medio del silencio o del dolor.
Muchas personas a mi alrededor no pueden entenderlo. Incluso mis padres a veces se preguntan cómo es posible que pueda sentirme en paz o incluso feliz viviendo con este cuerpo que duele.
Y es comprensible.
Claro que me gustaría hacer muchas cosas más: viajar físicamente, moverme con mayor facilidad, realizar algunos sueños sencillos del mundo material.
Pero mi alma eligió recorrer este camino de otra manera.
Y por eso doy gracias a este cuerpo, a esta vida, y a Dios, que a través de todo esto me va mostrando el camino.
Porque nuestra experiencia no se limita únicamente a ser un ser humano que camina, trabaja y se mueve en el mundo físico.
Tenemos la capacidad de vivir mucho más allá de eso.
Podemos viajar sin movernos.
Podemos tocar lo invisible.
Podemos sentir mundos que no caben en las manos.
Y quizá no sepa explicar exactamente cómo ocurre.
Sucede de una manera tan natural como cuando un escarabajo camina… o un colibrí sabe volar.
Simplemente ocurre.
Y si tú también vives con dolor…
si a veces sientes que el cuerpo es una prisión…
quiero decirte algo con todo mi cariño:
Dentro de ti existe un espacio que el dolor no puede tocar.
Un lugar de paz profunda.
Un lugar donde sigues siendo libre.
Y desde ese lugar, incluso en medio del dolor, también es posible vivir con amor, con sentido y con una profunda serenidad.
Porque cuando miras la vida desde la ventana del corazón, el dolor deja de ocupar todo el paisaje.
