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Sassani y los 33 Códigos de Luz: 3ª parte


 


¿Por qué os interesa la humanidad?

(Lo que ellos me explicaron, poco a poco)

Hubo un momento en el que se lo pregunté directamente.
No con palabras, sino con esa sensación interna que aparece cuando algo no termina de encajar del todo.

—¿Por qué nosotros?
¿Por qué la Tierra?
¿Por qué tanto interés… tanto acompañamiento?

La respuesta no llegó de golpe. Nunca lo hace.
Llegó como llegan casi siempre las cosas con ellos: en frases sueltas, en sensaciones, en comprensiones que se van posando dentro.

Lo primero que sentí fue algo muy claro:
“No es casualidad.”

Después me explicaron algo de forma sencilla, casi como quien te habla con calma para que puedas escucharlo bien.

Me dijeron que su conexión con la humanidad no tiene que ver solo con la genética ni con cosas complicadas. Eso existe, sí, pero no es lo principal. Lo más importante es que hay una afinidad, una cercanía energética que hace que nos reconozcamos aunque no sepamos explicar por qué.

La Tierra no es un lugar fácil. Aquí se siente todo muy fuerte: el amor, el miedo, la alegría, el dolor. A veces incluso demasiado. Pero justo esa intensidad es lo que hace que nuestra experiencia tenga tanto valor.

Ellos no ven a la humanidad como un error ni como algo que haya salido mal. La ven como un lugar donde se aprende desde dentro, viviendo las cosas de verdad, con todo lo que eso implica.

Me explicaron que lo que vivimos aquí no solo nos afecta a nosotros. Nuestra forma de sentir, de equivocarnos, de levantarnos una y otra vez, aporta algo importante al proceso de evolución de otros seres. La humanidad tiene un papel, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello.

Ahora bien, hay algo que siempre se queda conmigo.
Yo escucho. Siento. Percibo.
Pero no delego mi poder.

Hay un espacio interno que mantengo claro, muy mío. Un resquicio de atención desde el que escucho sin ponerme por debajo, sin ceder mi lugar. Como ya compartí en otra entrada, nadie regala nada. Y cualquier información, venga de donde venga, necesita pasar primero por mi propio criterio.

Quisieron dejar claro que no vienen a salvarnos. No están aquí para dirigirnos ni decidir por nosotros. Están aquí para acompañar, desde el respeto, mientras cada persona y la humanidad recuerdan quiénes son realmente.

La Tierra no está sola, pero tampoco está siendo guiada. Está siendo observada con atención y sostenida, especialmente en los momentos más complejos, sin interferir en nuestra libertad de elegir.

Antes de que la conversación se cerrara, quedó una sensación suave, tranquila, casi como un último mensaje:

“Sois más importantes de lo que creéis.
Y lo estáis haciendo mejor de lo que pensáis.”

Me quedé con la escucha abierta a esos elogios, pero sin delegar mi poder
Desde mi centro y desde ahí lo comparto.😏

Charlando sobre Nuestra madre... el primer latido del amor.

 


Hoy vuelvo a la madre desde otro lugar, pero si todavía no has escuchado la reflexión que me lleva a estas palabras, aqui la puedes escuchar: Nuestra madre: el primer latido del amor.

Como decía siento escribir sobre la madre, no tanto como persona, sino como energía.
Como algo que permanece incluso cuando todo lo demás falla.

Escuchando la reflexión, sentí que el alma se parece mucho a una madre.
No exige, no empuja, no abandona.
Está.
Observa.
Sostiene.

La madre biológica es humana.
Ama como puede, cuida como sabe, se equivoca, se cansa.
Y eso también es parte de la vida.
Pero el alma… el alma no se va.
Es esa presencia constante que sigue ahí incluso cuando nadie más puede quedarse.

Empiezo a sentir que el verdadero canal del amor no está "solo" afuera,
sino dentro.
En esa madre interior que todos llevamos, mujeres y hombres.
Una energía que no depende de la historia,
sino de la capacidad de volver a casa.

La niña interior vive ahí.
En el lugar donde el alma sabe cómo abrazar sin condiciones.
Donde no hay reproche por sentir demasiado ni exigencia por ser algo distinto.
Solo cuidado.

Tal vez sanar a la madre no sea idealizarla,
ni pedirle que nos dé lo que no pudo.
Tal vez sea permitir que el alma ocupe su lugar.
Que se convierta en esa madre amorosa que nos acompaña en silencio,
la que nos susurra: está bien, estoy aquí.

Porque al final,
todo puede irse,
todo puede cambiar,
pero ese amor interno permanece.

La madre interior no depende de nadie.
Es el amor incondicional que aprendemos a habitarnos.
Y cuando lo recordamos,
la vida se vuelve un poco más amable.

Hoy escribo esto para quedarme con esa energía.
Para volver a mí.
Para maternarme 💕

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